2011/02/07

Explotar.


Nunca le había puesto demasiada atención. Hasta que le explotarón las orejas.

2011/02/02

Gobernar.

"De todas las actividades humanas, la de gobernar a los semejantes, aún siendo la más envidiada, es la más decepcionante, porque nunca tiene fin y no permite al espíritu reposo alguno. El panadero que ha sacado su hornada, el leñador ante la encina abatida, el juez que acaba de ordenar un arresto, el arquitecto que ve poner el remate a un edificio, el pintor una vez terminado su cuadro, pueden, al menos por una noche, gozar de esa tranquilidad relativa que produce el esfuerzo terminado. El gobernante, jamás. Apenas parece allanarse una dificultad política cuando otra, en gestación mientras se solucionaba la primera, exige atención inmediata. El general vencedor se beneficia largamente de los honores de su victoria; pero el gobernante ha de afrontar la nueva situación creada por esa misma victoria. Ningún problema puede quedar sin solución durante mucho tiempo, porque el que hoy parece secundario, adquirirá mañana trágica importancia. "

Maurice Druon, Los Reyes Malditos III: Los Venenos de la Corona (pág. 99).

2011/01/28

El corazón como sonaja.



Llevo el corazón como sonaja
lechones agarrándolo con fuerza
mis penas se anclaron a sus risas
el desvarío a primera hora de la mañana
a primera hora
distingo auroras entre persianas
el arrozal a lo lejos
mi canto un puente para los infortunios
pero era un caudal llorón
mi estatua destruida con la marea
que tus besos ocasinaron
al sur de mi frontera
donde la locura daba cuerda
desata por nosotros
los últimos sobrevivientes
ahora es cuando asomo el alma
como pelícano en la bahía
que la cólera se ausente
mientras se enamoran con azúcar
yo con mi andar
siempre el andar
el camino
me detuve para voltear no sé cuantas veces
hacía arriba
siempre hacía arriba
uno sabe que las nubes siempre se mueven
pero no hacía donde
o porque
las preguntas tontas de este niño árbol
extrañando el perfumado de sus labios
que eran raíz en mi hamaca
meciéndome de izquierda a derecha
cuando el viento se oponía a defendernos.

Llevo el corazón como sonaja
sacudiendolo en los rostros ajenos
y hace ruido y enfada y causa gracia
pero lo llevo con alegría
¿qué sería de aquél que se lo esconde?
ya sea en un cobertizo lleno de libros
o el cuaderno atestado de versos disparejos
disparejas mis orejas
sordo
preguntándome si estaré aquí para después
cuando la niebla se convierta en desayuno
rocío mi merienda
sonaja mi corazón.


Ulises Sauri

2010/10/15

Su gorda.



-Ya me voy apá- dijo su primogénita agarrando la maleta sucia y café.

-Adiós mija- le contestó lentamente su padre, no le gustaba verla partir, aunque vivían a varias horas de distancia, parecía que océanos los separaran.

- A ver cuando vuelves a venir y les dices a tus hermanas que las extraño, las quiero mucho, no se te olvide mija- le recordó mientras su hija salía por la puerta sin contestarle, ni siquiera con un leve “aja” o un ausente “adiós”. Esos momentos donde la casa aparentaba un frigorífico y el polvo se estanca en todos lados, en la alacena, las ventanas y el cuarto de visitas. La casa era silencio.

La familia haciendo su vida y él lavando los platos, sujetaba la esponja con el jabón escurriéndole entre los dedos y pensando sí su esposa, su gorda, utilizaba tanto jabón para lavar un par de platos y vasos de cristal; dedujo que no y soltó una risa ambulante. Cuando los secó, vio en el plato su rostro, conto sus manchas e invento una medida para sus ojeras, sus patas de gallo eran exactas, tres y tres, aún tenía elasticidad en su piel. Dejó en la mesa todos los platos y vasos limpios, se dirigió a su habitación, donde alguna vez su gorda, su hermosa gorda pasó sus últimas horas, rezándole a cada uno de los santos, rogando por su entrada al paraíso y él llorándole a Dios que tan siquiera la invitara a dar un recorrido en su reino, que dejase ver su trono y conocer al santo de su preferencia y si le agradaba, que el alma de su gorda viviera escondida entre nubes y cada vez que él mirase al cielo, pudiera ver su sonrisa, la sonrisa de su gorda.

El diagnostico de su gorda, era irreparable, la enfermedad que él ni siquiera podía pronunciar, acaba con las células de su esposa, todo en ella se veía cansino. Las noches en el hospital fueron las más hermosas. Un día el llevo un libro para niños, ella se hizo la inconsciente, escuchando atenta al cuento y haciendo ojos de dormida, alcanzo a distinguir la voz de él quebrándose, suplicándole que no le dejara y soltó una sarta de memorias, que ella nunca pensó que él recordaría, incluso si ella fallecía. Él se acordó de todo, exactamente tal y cual pasó. Se acordó de su primera noche, tan jóvenes y tan lejanos, él llevaba vaqueros ajustados, ella una falda larga como sus piernas, el picor del pasto en la espalda del joven y una diadema perdida entre los árboles, se acordó de todo, pero sólo ella se acordaba del sudor de aquella noche. Él seguía llorándole en la cama y volvió todavía más atrás, recordando cómo se conocieron. Ella estaba sentada en las escaleras comiendo sandía, él la vio y observo la mancha en su camisa, en ese verano las sandías fueron las más jugosas de toda las temporadas venideras. Se acerco y le otorgo un papel.

-Gracias.- respondió ella, dándole otro mordisco a su sandía, dulce y fresca.

– ¿Me das de tu sandía?- le preguntó él, pensando que algún día comerían sandía en otras escaleras.

-Claro, pero ten cuidado, no te manches como yo, soy una tonta.- respondió alargando el brazo para darle sandía.

Se presentaron sus nombres y con un beso, sellaron sus días, sus abrazos, los besos, sus canciones, los viajes, las comidas, sus hijas, los veranos y sus noches.

En esos momentos, donde la sala parecía larga, como sin final y los pasillos aún más estrechos de lo que él creía. Esa sala donde le lloró diluvios, donde no descansaba la tristeza. ¿Cómo poder vivir en una caja que aparenta un hogar, lleno de recuerdos? Su perfume, ella dejo su perfume en todas las cosas, sus hijas no lo notaban, sólo él. A veces sentía que su esposa rondaba por los estrechísimos pasillos y se sentaba junto a él, a ver la tele o a cenar. Él imaginaba que ella lo veía desayunar, también lo observaba cuando leía el periódico y hasta en una de esas, posiblemente lo vio bañándose.

Después de hacer una llamada, para verificar que su hija había llegado a casa y dejar un mensaje, ya que probablemente se detuvo en algún supermercado para la despensa semanal y aún no llegaba. Se dirigió a su habitación desplomándose en la cama matrimonial que aún estaba hecha desde la mañana, giró y miro las flores del estampado en el edredón raido.

-Ahí voy vieja… - fue su último grito.

A la mañana siguiente, su hija encontró en la contestadora el mensaje de su padre.

-Mija cuídate, que tu madre ya me espera, dice que me extraña.-